“La Ola” que todo lo arrasa

Hace unos años vi un documental en la BBC sobre un experimento en el que se mostraba cómo un grupo de personas, hombres y mujeres, que compartían la misma vivienda y demostraban ser grandes compañeros, eran divididas en dos grupos: uno con más poder, lo que implicaba no sólo ciertos beneficios materiales y económicos, sino que, además, les permitía impartir órdenes al grupo contrario.

En principio, el grupo poderoso se confesó incapaz de ejercer su poder sobre el otro grupo. Más bien hablaban de repartir los beneficios que les habían sido otorgados y aprovecharlos para el bienestar de todos. Pero esos buenos deseos duraron justo el tiempo que tardaron en comprender que ese poder que se les había otorgado les permitía ordenar al otro grupo que hiciera las tareas mientras ellos descansaban o se bañaban en la piscina. Al principio, las directrices se dieron de forma discreta, casi con vergüenza pero en cuanto el grupo débil quiso rebelarse, las tímidas demostraciones de poder se convirtieron en despotismo. Llegó un momento en que ya no era sólo obligar al otro a realizar las tareas que ellos no deseaban hacer sino que, además, había que humillarle, bien cambiándole su cómodo colchón por otro más viejo y estropeado, haciéndole limpiar de nuevo los baños si no habían quedado a gusto de los “poderosos”… En poco más de dos semanas, la típica casa “Big Brother” se había convertido en poco menos que un campo de trabajo.

images1Viene esto a colación porque acabo de ver la película alemana “La Ola”, en la que se cuenta la historia de un grupo de adolescentes que cursan bachillerato. En una clase sobre “Democracia” se empieza a discutir sobre la posibilidad de que Alemania caiga de nuevo en manos de un dictador, algo que a los jóvenes les resulta impensable. Para demostrarles lo equivocados que están, su profesor empieza a impartir sus clases con un toque marcial. Al principio sólo les exige que le traten de usted y que cuando quieran tomar la palabra en clase se pongan en pie, pero rápidamente los propios alumnos van adoptando más y más roles militares: eligen un saludo común, un lema, un logo… La sensación de pertenencia al grupo les hace sentir bien, les da fuerza, les proporciona el poder.

Ese poder es el totalitarismo, la dictadura.

En sociedades como la nuestra, tan equívoca a la hora de demostrar su fortaleza en contra de la intolerancia y la desigualdad, es muy fácil dejar espacios para que germinen y crezcan las ideas totalitarias, los abusos de poder. En sociedades como la nuestra, que olvida tan rápido el pasado cercano, es posible repetir la historia de los años grises, aunque sólo sea representándola a escala en una casa de “Gran Hermano”. Deberíamos tener eso muy en cuenta.

Published in: on diciembre 22, 2008 at 6:05 pm  Comments (6)