De piercings y migrañas

A oscuras, esperando que se vaya.

A oscuras, esperando que se vaya.

Llevo un piercing anal.

Lo suelto así, de primeras y a bocajarro, con todas las letras, porque sé que este detalle me va a reportar un montón de visitas. Tal vez de las guarrillas sí, pero qué coño, hay que animar el cotarro.

El piercing es muy chulo, a qué negarlo, pero sólo está ahí porque el médico lo considera necesario que si no de qué. Para que se entienda diré que es exactamente igual que si lo llevas en la nariz, en el labio… su función es mantener una pequeñísima apertura paralela, lo que ocupa el piercing, para facilitar una segunda operación que debería realizarse en más o menos seis meses. Pues bien, pasé por quirófano, anestesia epidural, entré de risas, salí de risas y tan bien. Al día siguiente me dieron el alta y para casa. Pero hay algo que se les pasó por alto: mis migrañas. Puedo soportar el dolor pre y post-operatorio, no soy quejica aún siendo una debilucha de cuidado, no me pongo de mal humor cuando sufro, en todo caso estoy muy triste. Pero hay algo que me tira abajo, me hunde física y psicológicamente, que es mi cruz y me condiciona los planes, un dolor que, cuando aparece rebaja a niveles ínfimos mi calidad de vida: la migraña.

Lo dicho, salí del hospital pensando que lo peor se había superado pero al cabo de unas horas ingresé en otro hospital durante dos días porque no había manera de detener el martilleante dolor de cabeza y sus desagradables consecuencias físicas. Los médicos no daban crédito: una crisis migrañosa, tratada en hospital con toda clase de fármacos metidos en vena y yo cada vez más débil, sin capacidad de retener ni un poco de agua y fobia a la luz, al ruido y a los olores. Ahí es ná.

Hoy era el 5º día con dolor pero esta vez la medicación ha surtido efecto y… aquí estoy. Superbien.

Parece nada pero este dolor de cabeza persistente, constante, te cambia la vida.

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Published in: on septiembre 30, 2008 at 1:16 pm  Comments (2)  
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